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Treinta días con Millie

Pauline O’Brayn


PUBLISHED BY:


Pauline O’Brayn



Copyright © 2019


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Este libro es una obra de ficción y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, o lugares, eventos…es pura coincidencia. Los personajes son producciones de la imaginación del autor y utilizados de manera ficticia.


Editado por: Mónica Hernández

Portada: Mónica Hernández



Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23


Para María José V.



«Más traiciones se cometen por debilidad que por un propósito firme de hacer traición.»

François de La Rochefoucauld (1613-1680)



Capítulo 1

O de cómo Millie irrumpió en mi vida


Recuerdo perfectamente la noche en la que conocí a Millie Lee.

Vamos: ¿Cómo no iba a recodar que esa maldita tarada entró en mi cuarto en mitad de la noche y vomitó sobre mis zapatillas de andar por casa?

Por aquel entonces yo era un célibe estudiante de último curso de medicina en la universidad de Harvard, Massachusetts. Como mi padre era poco menos que el mayor benefactor que había tenido aquella maldita universidad, yo podía permitirme el lujo de tener mi propia habitación, totalmente para mí: moqueta roja, cortinas a juego, cama de matrimonio… Pero aquella noche ninguno estábamos a salvo de las novatadas a los de primero. Mi hermano, Bobbi, era uno de los que participaba activamente en cualquier jodida juerga que se organizase en el campus y estaba seguro de que él estaba detrás de aquella jugarreta vomitiva. Yo no estaba ni mucho menos dormido, era imposible: carreras por los pasillos, globos de agua, fornicio en habitaciones contiguas… un absoluto festival de motivos para no poder pegar ojo, pero recibir la inesperada visita de una chica borracha en mitad de la noche y que encima me vomitase en mis zapatillas de ante…

― ¡¿Qué cojones…?! ―dije poniéndome en pie de un brinco y posando mi pie sobre aquel pringoso revoltijo de alcohol y ¿Patatas fritas? ― ¡Serás…! ¡Largo de aquí! ―exclamé cojeando hasta el baño (sobra decir que era privado ¿no?).

La muchacha seguía de rodillas junto a mi cama.

― ¿Bobbi? ¿Eres tú? ―gimoteó.

Ah, no os lo había mencionado, pero mi hermano y yo éramos gemelos idénticos.

―No ―berreé desde el baño mientras metía el pie en la ducha sin mirar lo que acaba saliendo de allí.

Y entonces recordé las palabras de Shirley, mi novia: apenas unas horas antes había intentado convencerme de que pasase la noche en su casa en pleno centro de Boston: «Y te haré lo que tú quieras» decía mientras frotaba su naricilla contra mi mejilla y me la ponía demasiado dura, pero no tanto como para ceder porque tenía exámenes los próximos diez días y el sexo sólo empeoraba las cosas. Siempre.

― ¿Sigues ahí? ―ya temía que se hubiese desmayado o que me tocase hacer las prácticas con aquella borracha. ―Sabía que Bobbi estaba detrás de todo…―murmuré secándome el pie y regresando despacio, temiendo encontrar algo peor al volver.

― ¿Mmm? ―dijo y sonaba más como un gemido que como una respuesta. ―Lo siento Bobbi.

La encontré acurrucada sobre uno de mis almohadones, ya casi inconsciente.

―Veo que te encuentras mejor.

Asintió con una sonrisa.

Salí al pasillo en bata.

―Caramba, Lord Byron, ¿te hemos despertado?

Un grupo de incompetentes de cuarto pasaba justo cuando abría la puerta. No es que supiesen quien era Lord Byron, sólo les sonaba como a tipo con pasta y ya está, les parecía suficiente razón para bautizarme así. No es necesario describiros el nivel de incompetencia que rezumaban sólo con ese dato ¿Verdad?

Y al final del pasillo estaba Bobbi.

― ¡Bobbi! ―carraspeé y lo llamé más alto― ¡Ro…Robert!

Me miró entornando la vista y negó en silencio poniendo los ojos en blanco. Se acercó con aquellos aires de grandeza, como si fuese el rey del campus, con ambos brazos extendidos a ambos lados y sonriente con todo el que se cruzaba en su camino.

Mi hermano no quería ser médico, sólo quería que nuestra madre le dejase en paz ahora que mi padre había muerto. Mi madre era mayor, nos había parido mucho, mucho después de lo medicamente recomendable o saludable, y apenas nos había puesto un dedo encima desde el día del parto pues padecía un severo trastorno obsesivo compulsivo que le impedía tocar casi cualquier cosa sin que le entrase una terrible necesidad de salir corriendo a lavarse las manos unas seis veces: si le dábamos un beso, acto seguido sacaba su paquetito de servilletas perfumadas y, no solo se secaba la mejilla, sino las manos y hasta las muñecas. No es que no fuese cariñosa, pero era un cariño verbal.

Bobbi deseaba regresar a California ―donde vivíamos― cuanto antes, y comenzar a trabajar en una especie de obra de teatro que dirigía un colega suyo. Estaba seguro de que el día menos pensado haría las maletas y desaparecería del campus para hacer realidad el alocado sueño californiano.

― ¿Por qué mierda me llamas Robert, Marlon? ¿Qué? ¿Qué quieres?

―Que saques a tu amiguita etílicamente indispuesta de mi maldita moqueta, por favor ―señalé a mi espalda con el pulgar fingiendo mantener la compostura dado que pasaba un grupo de nuevos alumnos claramente perdidos.

― ¿Millie? ―dijo pasando casi a gachas a mi lado ―Eh, nena, ¿qué…? ¿Cómo has acabado en el cuarto de Lord Byron el temible?

Puse los ojos en blanco y di un largo suspiro.

―Te informo de que o tú ―señalé mientras salían arrastrando el paso― o ella me deben trescientos dólares en zapatillas de ante.

― ¿Ante? ¿Zapatillas? ¿Te estás oyendo?

Entonces la muchacha levantó la vista del suelo y pude observar sus facciones a la tenue luz del pasillo: el rímel manchaba ya la piel brillante que rodeaba sus ojos, el pelo vergonzosamente enmarañado necesitaba una cura urgente de queratina, sus labios…bueno, gran parte de su carmín estaba en la cara de Bobbi, eso no era nada raro. Finalmente, sus ojos eran… lo más profundo que poseía, y poca cosa más podía decir dadas las circunstancias.

―Bobbi, ahora sí que voy borracha: ―dijo arrastrando las palabras y mirándome directamente a los ojos― veo doble.

Nos señaló a ambos y giró el cuello, aun aferrada a la nuca de Bobbi de quien dependía para no acabar besando el suelo de nuevo. Por último, sonrió como una estúpida ante la más que satisfecha mirada de su enamorado y ambos emprendieron el camino de regreso a la habitación correcta al final del pasillo bajo mi atento y desagradable escrutinio.



Quería creer ―y poder deciros― que aquella sería la última vez que vería a Millie Lee, y por un breve periodo de tiempo, así fue, pues como había predicho, Bobbi acabó dejando la universidad pocos meses antes de acabar el curso. Esa era la manera en la que se vengaba silenciosa y tardíamente del «viejo cabrón», también conocido como «papá». Parecía estar deseando ver lo que aquel mal llamado «golpe de efecto» causaba a nuestra peculiar madre, pero lo único que recibió a modo de amonestación fue una misiva de lo más victimista. Estaba seguro de que ni ella se había molestado en escribirla, ni él en leerla.

No puedo esperar a que conozcáis de primera mano lo que significaron para mí los treinta días que pasé junto a Millie Lee. Tal vez la historia en sí no sea lo que esperáis que sea, pero os aseguro que no tiene ni pizca de desperdicio.


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Capítulo 2

O de cómo regreso a casa un año después y descubro que mi hermano se ha vuelto loco.


El pendular e hipnotizante giro de muñeca de mi madre al disolver aquel diminuto terrón de azúcar en su té me mantuvo absorto más tiempo del prudente.

―Y ¿en qué hospital harás la residencia, Marlo? ―inquirió dando un sorbo rápido y arrugando la nariz con desagrado.

―En… ―titubeé descansando la vista sobre su taza de cerámica― en el Mercy General, madre. Claro ―y di un sorbo entonces.

―Finalmente lo has conseguido ¿no? Estaba convencida que si uno de los dos…

―Bobbi ha sacado muy buenas notas, madre, ―dije incapaz de permitirle hablar pestes de Bobbi, ni incluso entonces― casi tan buenas como las mías.

― ¿Y qué mosca le ha picado entonces? ―preguntó dejando la taza a un lado y tirando nerviosa de una servilleta perfumada que había quedado atascada en la boquilla del paquete. ― Regresa aquí, a California, con una mano delante y otra detrás, mendigando aplausos cuando es un McDougal. Oh ―se lamentó fingiendo fatigarse y a la vez se pasaba la toallita por la frente y la oreja izquierda. ―Tu padre, y el padre de su padre, y decenas de McDougal antes que él, trabajaron de sol a sol para dar honor y riqueza a sus familias, para que pudiesen ser lo que quisiesen…

―Tal vez ese sea el problema, madre: Bobbi quiere ser actor.

― ¿Y lo dice ahora?

―Y ¿cómo querías que le dijese al viej…. a papá ―conseguí corregir a tiempo, aunque me miraba como un halcón furioso― que quería ser actor si él odiaba profunda y públicamente la farándula?

―A veces creo... ¡no! ¡lo retiro! ―exclamó poniendo en alto un dedo acusador― Estoy convencida de que lo hace por pura rebeldía.

― ¡Qué más da! ―me encogí de hombros. ― Ya somos mayorcitos.

―Pues agárrate porque vienen curvas ―dijo poniéndose en pie, echando a andar despacio hasta el ventanal que daba directamente al invernadero. Desde allí le solía fisgonear los quehaceres del jardinero en su horario de trabajo.

―Me llamó hace una semana porque al parecer tiene lo que ellos llaman «tiempo de descanso entre funciones» ―rio sintiendo que aquellos términos eran realmente absurdos― o lo que es lo mismo: un par de noches en las que no han vendido ni una entrada. ―rio de nuevo con más malicia que antes― En fin, quiere cenar con nosotros el sábado, aquí. ¿Podrías…arreglar algo con el servicio? ¿Menú, música…? Invitaré a la tía Maisie.

Aquello no podía significar nada bueno viniendo de Bobbi. En absoluto. Había acordado encontrarme con Shirley en Sacramento aquel fin de semana y esa chica había planeado cada segundo de aquellos dos días. Si le cambiaba los planes, probablemente se pasaría horas bufando y suspirando en alto para que, bajo ningún concepto, olvidase su molestia.

Y no es que desease una cena con Bobbi, mi madre, Shirley y la tía Maisie, pero tampoco deseaba pasarme todo el fin de semana explicándole a Shirley por qué aún era pronto para casarnos.

―Maldita sea, Marlon, ¡maldito seas!

―Nena, relájate, aun no estamos ni en el coche y…

― ¡No me digas que me tranquilice! ―Chilló dando un portazo que hizo estremecer las columnas del aparcamiento del aeropuerto― Pensaba que esa cena significaría que por fin entiendes que estamos listos: yo estoy lista, tú estás listo… ―puso las manos en alto sin comprender nada. ― Y aquí estoy con veinticinco años y esperando un puto milagro.

―Shirley! ―exclamé.

― ¡Puto, puto, puto, puto! ―exclamó abriendo la ventanilla y dando un sonoro chillido agudo que sobresaltó a todos los que rodeaban el aeropuerto.

Aquella muchacha, no es que estuviese precisamente en su sano juicio, pero en términos generales era mejor que la mayoría: provenía de buena familia, tenía estudios, hablaba idiomas y sus mamadas eran sencillamente dignas del Globo de Oro de las mamadas.

―Es porque quieres seguir soltero ¿Es eso?

―Nena…

―No me llames…―dijo apretando los labios más furiosa aún― así. Quiero entenderte, cariño, seguro que sí…

―Aun estás al otro lado del país y yo comienzo mi residencia en quince días. ¿Nos casamos y me paso los fines de semana en Boston o tú viajando a California?

― ¿Y qué? ¿No es lo que hacemos ahora?

―No es estable, Shirley, no es lo que uno espera para pedir a otro en matrimonio. El matrimonio es estabilidad y tú y yo…

Suspiró y cuando habló lo hizo de manera amenazante:

― ¿Quieres decir que me he pasado ¡Tres! años creyendo que estoy en una relación seria y estable…?

―Nena…

― ¡Déjame terminar! ―chilló blandiendo ambos brazos y haciéndome dar un volantazo― ¿Quieres decir que somos como qué? ¿Un puto rollo?

Dios, aquella conversación era como el día de la marmota, lo juro, quería lanzarme a través del puente de cabeza, directo al Río de los Americanos.

Mi madre nos esperaba sonriente a las puertas de nuestra casa de Fat Alley. Shirley tenía una capacidad asombrosa para odiarme profundamente, y fingir que me amaba con locura frente a mi madre y los demás. Yo lo llamaba: ser una completa psicópata.

―Oh, Sandy ―dijo besando desde la lejanía a mi madre sin apenas tocarla.

Mi madre sí que podía pedirle en matrimonio, os lo aseguro. Su relación era enfermiza y cuando las oía reír junto a la cristalera del salón me parecía estar viendo los inicios de un futuro aquelarre.

― ¿No es así Marlon? ¿eh? ―comenzó mi madre señalándome el jardín― Esta propiedad sería ideal para la boda.

― ¿Shirley? ―le advertí desde el otro lado del salón.

― ¿También está prohibido ¡hablar! de la boda?

A Shirley le encantaba enfatizar algunas palabras haciendo que todos a su alrededor se sobresaltasen y le prestasen ¡aún! más atención.

Cerré aquel tomo de medicina que en su día sirvió a mi padre cuando comenzaba su carrera de médico en Escocia, y me recluí en mi habitación hasta que nos llamasen para cenar.

Shirley apareció una hora después y gateo por los pies de mi cama hasta colocarse de rodillas entre mis piernas y ya sabía lo que veía luego.

Ella era como los fuegos artificiales: hermosos, explosivos, pero igual te podían explotar en las putas manos.

―No creas que te he perdonado ―murmuró haciendo círculos con su índice sobre mi muslo.

―Sigo sin entender cual es tu enfado, nena, estamos bien así, te quiero, me quieres, podemos esperar un poco, no te digo diez años…

― ¿Cuánto? ―me interrumpió.

―No lo sé…un año, mira, lo tengo: en cuanto acabes la licenciatura de derecho y tu padre te haga el paseíllo hasta tu despacho en Los Ángeles. ¿Qué te parece?

Arrugó la nariz algo más conforme.

Le quedaban asignaturas sueltas así que no es que aquello fuese un consuelo para mí entonces.

―Siento haberme puesto un poco bruja en el coche.

Se agachó sobre mi bragueta, y con solo ver la mirada que me dedicó entonces, la erección casi rompe mis pantalones.

Se metió mi polla entre los labios y descendió despacio sin quitarme sus bellos y felinos ojos de encima. ¿Os había dicho ya que merecía el Globo de Oro? Me aferré a las sábanas de cachemir que mi madre recién había traído desde Londres mientras disfrutaba de mi espectáculo favorito: Shirley cantando mi canción, sujetando con ¡vigorosidad! el delicado micrófono.

Se ayudó de su mano para rematar y temí que acercase demasiado aquellas enormes uñas de porcelana a la delicadísima punta de mi pene porque aquello podía terminar fácilmente en llanto.

―Oh nena, allá va…allá va…―susurré cerrando los ojos con fuerza y dejando escapar el aire acompañado de un gemido ahogado.

De repente la puerta se abrió de golpe y aquella chica a la que creía haber perdido el rastro un año atrás, apareció de golpe, se detuvo, nos miró, abrió la boca, luego la cerró apretando los labios para no soltar una risotada al ver a Shirley cubrirse los labios con dificultad, se disculpó y dijo:

―Bobbi me aseguró que este era el baño ―dijo señalando el suelo y cerrando de nuevo.

― ¡¿Quién cojones es esa?! ―preguntó cuando acabó de recomponerse y recolocarse el vestido. ― ¿Has visto qué pelos? ¿No sabe que existe el tinte?

Shirley se había recuperado deprisa de aquella pillada y me hacía suponer que no era la primera vez que la descubrían chupándosela a alguno.

―Es…―murmuré aun con el pene al viento―…

― ¿La conoces? ¿Conoces a ese espantajo?

La crueldad de Shirley para describir a otras mujeres a veces me dejaba perplejo. Me duché y bajé debidamente acicalado para saludar a mi hermano y preguntarle por Millie, la chica de la vomitona. Parecían estar al corriente de a pillada y ni siquiera me molesté en reprenderle por decirle que aquel era el cuarto de baño.

―Caramba, Marlon ―comenzó echando a andar a mi lado hasta la mesa del comedor. ― ¿Con toda la lefa en la boca? ¿En serio? ¿Se lo traga?

―Estás hablando de mi novia, imbécil.

―Nunca lo habría dicho ―prosiguió echándole un vistazo rápido a Shirley al otro lado de la habitación, charlando con mi vieja, vieja tía Maisie. ―Bueno, sí.

Junto a la ventana, apoyada contra el alfeizar que daba al jardín, estaba la osada, vomitadora de zapatillas e interrumpidora de mamadas, la cual me miró, sonrió y echó a andar hacia nosotros con alguna mordaz pulla sexual lista.

―Te he visto la polla ―dijo y Bobbi estalló en carcajadas que rápidamente se extendieron al resto del comedor sin que muchos de ellos entendiesen nada.

Ella me miraba fijamente como si me acabase de decir: hola, caracola.

―No tenías que…habernos visto.

―Lo sé ―asintió― Y eso es lo mejor de todo.

―Al menos esta vez no me has vomitado la moqueta y los zapatos.

Entrecerró los ojos aún más y entonces mi madre balbuceó algo casi ininteligible pero que se parecía mucho a: todos a la mesa.

― ¿Sigue mamá bebiendo Bourbon? ―susurró Bobbi antes de dar la vuelta al comedor y sentarse junto a Millie frente a Shirley y a mí.

Ella seguía lanzándome miradas de complicidad, iradas del tipo: «sé cosas» o «Sigo recordando que he visto tu…»

―Marlo ―gritó mi tía desde la otra punta de la mesa―felicidades por tu doctorado, cielo.

―Gracias tía Mai ―carraspeé.

―Así que fue al tu hermano el serio al que visité en mitad de la noche.

― Perdona ¿qué? ―interrumpió Shirley quien parecía ausente, pero ni mucho menos sorda.

―Tranqui, Shirley ―atajó Bobbi― una noche de borrachera que acabó…muy bien ―enarcó las cejas mirando a su pareja.

Shirley se volvió hacia mí y con su mirada supe que aquella había sido la última mamada del año.

Mi madre miraba a Millie como si una cucaracha se hubiese colada en su casa, como si un vagabundo le hubiese escupido en la cara o como si se hubiese caído de frente sobre una enorme mierda de caballo. Todo a la vez.

Estaba segura de que tiraría la silla y utensilios que esa muchacha estaba usando entonces en cuanto saliese por la puerta, de hecho, ya podía ver que le sudaba la frente y el bigote por la ansiedad.

― ¿Y qué tal la obra, Bob? ―inquirió Shirley.

―Genial, tenéis que venir a verla…en serio.

― ¿Y lleváis juntos todo este tiempo? ―pregunté sin poder creer que mi hermano pudiese estar tan loco.

― ¿Te preocupa? ¿Te cuesta dinero, guapo? ―contraatacó ella señalándome con el tenedor.

Shirley se recostó sobre su asiento como preparándose para saltar sobre la mesa en cualquier momento. Le apreté el puño sobre su muslo y ella retiró la mano de un tirón. Millie la miró y le lanzó un beso.

―No es molestia, es curiosidad ―intenté explicar.

―Sí, Marlon, desde entonces. ―asintió Bobbi

― ¿Y tú con la “barbie mamadas”? ―dijo Millie.

Shirley se puso en pie tan deprisa que hizo que se tambaleasen cada una de las copas de la mesa. Tiré de su mano, pero en vez de sentarse de nuevo mi exigió que la acompañase al pasillo.


―Se ha pasado ―dijo sin temor a que nos escuchasen al otro lado. ― ¿Marlon? ¿Marlon? ―insistió a punto de explotar― ¿Qué pasa ahí? ¿Quién es esa furcia de uñas sucias y por qué se cree con el derecho...?

―Respira, cariño, tienes razón y ahora mismo voy a entrar…

Pero en aquel momento apareció Bobbi con ojos de cordero degollado.

― ¿Bobbi? ―dijo Shirley conteniendo con demasiado trabajo las ganas de llorar.

―Lo siento ―pidió― por favor, volved dentro, prometo que…

― ¿…Que le pondrás un bozal? ―dije― Por favor, la sientas a la mesa de mamá y permites que se ría de mi novia sin conocerla de nada…

―Ya lo sé, lo siento, es que no la puedo controlar.

―No tienes que controlarla, es ella la que tiene que saber comportarse ¿me oyes?

―No me señales con el dedo ―me pidió y yo casi ni me había dado cuenta de que lo hacía. ―Cada vez te me pareces más a él, Marlon, al puto viejo.

Shirley entró de nuevo al comedor y se sentó dignamente en su sitio sin levantar la mirada.

Ambos la imitamos y continuamos comiendo en silencio unos segundos.


―Tengo que deciros algo ―dijo Bobbi haciendo que todos lo mirásemos y deseando que fuese algo que cambiase la asquerosa atmosfera que se respiraba entonces― Millie y yo vamos a casarnos.

Aquello fue demasiado. Shirley se puso en pie de nuevo y lanzó un grito agudo y ensordecedor que provocó que mi sorda tía Maisie se cubriese los audífonos con ambas manos.


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Capítulo 3

O el de cómo hacer enloquecer a una mujer


Aquel arrebato había hecho que la cena acabase abruptamente: Shirley había salido llorando disparada hacia mi habitación, Millie se fumaba un cigarro indiferente en el porche, mi tía sufría de sofocos sin entender de la misa la mitad, y mi madre ya ponía al servicio en sobre aviso con respecto a tirar la vajilla en peso.

―Tu hermano se ha vuelto loco ―gritó en voz baja― ¿ves lo que te decía? Estas son las cosas de las que te hablaba, ¿Crees que quiere a esa muchacha? Lo hace porque sabe que así nos fastidia. ¡Es un maldito pleno al quince!

Pasé de su lado y arrastré a Bobbi hasta el pasillo de nuevo.

― ¿Qué?, ¿qué?, ¿qué?, ¿qué? ―bramó― ¿Tengo que pedirle perdón a tu chica por eso también? ―señaló el comedor.

― ¿Qué estás haciendo?

―Que ¿qué estoy…? ¿Te he preguntado yo dónde metes la polla, Marlon? Porque no recuerdo habértelo preguntado…

―No es ni remotamente parecido, ¡tú ya has visto cómo se comporta en …!

―Ah, ¿no me digas?, apenas la conozco, ¿sabes? La encontré en la calle mientras veía hacia aquí y me dije...

―Basta, sabes a lo que me refiero…

―Es la mujer más valiente, atrevida y maravillosa del mundo, no del tuyo, pero sí del mío. ¿Comprendes? Tiene algunos problemas…

― ¿Qué clase de problemas?

―Recaídas y movidas, tío, pero ¡eh! Escucha ―me pidió cuando ya me llevaba las manos a la cabeza― no es sólo lo que has visto esta noche ¿queda claro? Nadie lo es. Ninguno de nosotros, y también lo digo por la gritona de Shirley ¿A qué ha venido eso?

―No lo sé, lo hace siempre. Escucha, Bobbi, en serio, esto no es como cuando le escondíamos los puros a papá o las servilletas a mamá. Esto no es una broma, no seas impulsivo. Mira, no la conozco, vale, lo poco que he visto de ella… no puedo decir que me haya entusiasmado precisamente, joder, pero…

―La decisión está tomada, Marlon, relájate y disfruta. En unos tres meses nos casamos en Las Vegas.

Vaya topicazo, sí señor. Sólo faltaba anunciar un embarazo.

―Nene. Nos vamos.

Millie apareció de repente, pero ya no sonreía ni se la veía jovial como al principio. Se dio la vuelta y sin despedirse ni esperar por nadie, salió pitando hasta el coche.


― ¡Es una bruja, una maldita y sucísima bruja!

Espetó Shirley de buena mañana.

Aquel domingo me tocó desayunar sapos y culebras. Entre mi madre y ella despellejaron, quemaron, mutilaron y vejaron a aquella infeliz muchacha durante horas.

― ¡Marlon! ―espetó de buenas a primeras.

― ¡Por dios! ―me sobresalté.

―Cariño, debes poder hacer algo, no sé, hablarlo con Bobbi. No puede meter a esa bruja en esta familia…

―No hay nada que yo pueda hacer. ¿Os creéis que estamos en la edad media o algo? Son mayorcitos.

―Marlon, ―comenzó mi madre― ¿te ha dicho cuando es la boda?

―En tres meses.

― ¡Ja! ―exclamó Shirley― típico de los que se casan por despecho o por asuntos turbios, Daisy. ¡Esa tipa busca lo que busca! Y en cuatro meses: bebé al canto.

―Basta de especular, vas a perder el vuelo.


Lo último que recuerdo de Shirley aquel día fue el crepitar de sus uñas sobre el mostrador antes desembarcar. Se giró y me hizo un gesto como de llamada de teléfono; nos tendría pegados al maldito móvil los próximos siete días a mi madre y a mí.


Mi madre no hacía sino darle vueltas a la teoría de Shirley sobre el embarazo y no tenía edad para pasiones de aquel tipo. La descubrí hablando con su abogado un día entre semana, cuando regresaba de correr por el parque McKinley: hablaban de supeditar el cobro de la herencia al cumplimiento de ciertos parámetros, o algo así, y supe que Shirley estaba detrás de todo aquello. Probablemente la hubiese llamado más de una vez y habrían despotricado a placer sobre aquella muchacha que pronto se convertiría en parte de a familia, probablemente antes que Shirley.

Sabía que lo que más le había jodido era el anuncio de boda. Shirley habría montado en cólera, aunque la chica hubiese sido más correcta que una geisha; estaba demasiado sensible con lo de las bodas y cada vez era más y más difícil estar en una misma habitación con ella sin revivir la misma discusión cada vez. Parecía olvidar los acuerdos a los que habíamos llegado. Vivir en el continuo bucle del «¿y por qué no ahora?» me agotaba en exceso, así que, en cuanto comencé la residencia me escudé en mis guardias ―que no eran pocas― para evitar ir a Boston. Intentaría prolongar mi paz mental algunos fines de semana, con suerte todo un mes.

Aquella semana ―y faltaban seis para la boda― mi madre me hizo acudir a su despacho. Pasaba poco tiempo allí, de hecho, no sabía de qué le servía el despacho, pues nunca ejerció de otra cosa más que de esposa florero, de decoradora de sus múltiples propiedades y de derrochadora de la fortuna familiar en lujos sin importancia. Llevaba días desaparecida, ahora pasaba más tiempo en la casa de Malibú que en Sacramento, probablemente poniendo al día a sus amigas del club de playa, dejando atrás los detalles más escabrosos, los que ponían en evidencia la falta de mano dura en Bobbi, y pintando al chico como el típico calzonazos: demasiado bueno para herir los sentimientos de aquella estrafalaria yonki y mandarla a paseo.

―Tenemos que hacer algo. ―Comenzó mientras dejaba a un lado la revista que leía antes de que yo entrase― Lo he llamado, amenazado, sobornado, pedido por favor y he llorado, sí, llorado, y sabes que odio moquear, lo odio, pero lo he hecho.

―No voy ―suspiré antes de continuar― a tratar de convencerlo.

―Cariño, no existe nadie a quien él…

―A quien él desoiga más que a mí.

―Sí, a mí. Le he dicho que no vería un duro si se casaba con esa vagabunda…

―Eso es…excesivo.

―Lo sé, pero es que no se me ocurre qué más hacer. ¡Y en Las Vegas! ¿Se te ocurre algo más vulgar que pronunciar tus votos frente a un cura ataviado con un sombrero de Cowboy? Oh, dios, ya voy a llorar de nuevo…

―Mamá, un matrimonio no es definitivo. ¿Por qué no permites que se equivoque en paz? Imagina el placer de poder decir luego: «Oh, Bobbi, lo siento, pero ya te lo advertimos…»

―De ninguna manera, y ¡¿si tienen un bebé?!

―Oh, por dios…

―Y tú y Shirley? Esa chica bebe los vientos por…

―Por un anillo, mamá, Shirley está loca.

―Marlon, te prohíbo que finalices tu relación con Shirley, te lo…prohíbo.

― ¿Que me qué? Estoy harto de atajar a Shirley con lo del matrimonio y que tú no hagas sino alentarla para que me agobie con una pedida forzosa. ¡No me casaré con Shirley! Antes me pegaría un tiro en un pie que proponerle matrimonio.

Mi madre se puso en pie despacio, no por dramatizar sino por su artritis.

―No … bromees, Marlon. No podría soportar que tu hermano se case con una yonki y tú dejes pasar la oportunidad de sentar cabeza con una chica inteligente, guapa, rica…

― ¡Está loca!

― Y si tan loca está ¿por qué le das esperanzas?

«¡POR LAS MAMADAS, MAMÁ! POR LAS PUTAS MAMADAS»

―No he tenido oportunidad, quiero decir…ella está en plena temporada de exámenes y eso la…indispondría.

― ¡Qué caballero! ―bramó extendiendo sus bracitos― Sin duda… Dios mío ya me había dicho el doctor que tener hijos con cuarenta podría ocasionarme problemas. Ya veo.

―Oye, tengo guardia. Este fin de semana viene Shirley y quiero que te vayas a Malibú para poder…ya sabes.

― ¡Oh por dios! ¿Este fin de semana? ¿Ya?

―No lo sé…en realidad llevo posponiéndolo los últimos… ¿dos años?

Me lanzó una fugaz pero temible mirada envenenada y desaparecí veloz, antes de una nueva perorata sobre las virtudes que ella, y solo ella, veía en Shirley.


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Capítulo 4

O el de la proposición ¿indecente?


A partir de ese día mi madre comenzó a medir el tiempo en «días que faltan para ―maldita― la boda» y Shirley pareció haber bajado el nivel de agobio notablemente, lo cual no podía significar otra cosa que el ser poseedora de cierta información clasificada y reservada que sólo mi madre podía haberle hecho llegar.

―Y bueno, ¿ha ido todo bien esta semana? ¿Te adaptas? ¿Te…va bien? ¿Todo?

Su voz sonaba casi melodiosa a través del teléfono, como si hablase cantando una suave nana.

―Sí, la verdad, encuentro el aprendizaje muy…enriquecedor, sí.

Decía mientras ojeaba una de las revistas porno, una no recordaba haber dejado escondida en el doble fondo del cajón de mi cómoda cuando aún me estallaba los granos y modelaba frente al espejo del baño imaginándome como imagen de un perfume de Dolce & Gabbana.

―Cariño estoy contando los días hasta el fin de semana… ¿tú no?

―Mmm, claro. ―Asentí ojeando la sección de «teutonas tetonas».

Su voz se iba encolerizando sutilmente con cada una de mis respuestas monosilábicas hasta que, tras un suspiro prolongado a modo de ejercicio de autocontrol, me dio las buenas noches y colgó.

Estaba más que cantado la sutil llamada de atención de mi madre. Shirley nunca había sido una chica dócil, fácil de llevar: era consciente de su atractivo y de su potencial como mujer. Yo no era estúpido, pero había cosas que me sacaban de quicio, y a ella de mí, sólo que ambos nos habíamos acomodado a las imperfecciones del otro. Era una mujer fuerte, independiente, valiente, guapa, exitosa y muy lista, pero su excesivo apasionamiento y fijación por el matrimonio hacía que me recordase demasiado al personaje de Veronica Cartwright en la película: «Las brujas de Eastwick».

Me ponía los pelos de punta.


Aquel fin de semana no pintaba nada bien; otra de las razones por las que sabía que lo nuestro no estaba funcionando era temer que llegase el día en el que tuviese que recogerla en el aeropuerto para aguantar sus ojos de cordera degollada.

Recibí la extrañísima visita de Bobbi en una de mis horas libres, e incluso al principio pensé que aquella chica flacucha y notablemente enfermiza estaba ingresada.

― ¿Qué haces tú aquí? ―dije frunciendo el ceño, entornando mi mirada de sospecha y recibiendo por respuesta un cortísimo y nada afectuoso abrazo.

―Tenía que pedirte algo, ―dijo visiblemente nervioso― no me llevará mucho tiempo, pero necesito que seas tú porque, bueno, eres médico, o casi lo eres.

― ¿Quieres que le practique un aborto a tu novia?

― ¿Qué? ¡No! ¿Qué? ―casi bramó.

―Lo digo porque eso no puedo hacerlo, por muy hermano mío que seas…

― Nada de eso, escucha, podemos hablar en otro lugar.

―Los demás lugares están llenos de médicos durmiendo, fornicando o masturbándose.

―Salgamos al…salgamos.

Caminamos por la acera los apenas diez o quince metros desde una esquina del frontis hasta la otra.

―Me han cogido para una serie en Los Ángeles, para el «CSI», tío

―Los casi cuarenta doctorados de tu promoción te felicitan efusivamente. ―dije sin mostrar un ápice de emoción.

―Sé que, en algún lugar, en lo más profundo de tu interior, Marlon, hay un hombre que disfrutaría de la vida si pudiera.

―Sé que, el algún lugar de mi interior, hay alguien deseando no abofetearte, pero el resto de mí te patearía…

―Está bien, ―atajó― ya hemos jugado a esto, Marlon, no tengo tiempo, oye, el lunes voy a mudarme a Los Ángeles; aparezco en algunos capítulos. Será un mes, poco menos, exactamente estaré aquí con el tiempo justo para volar a Nevada y casarme con Millie.

― ¿Sigues con eso?

― ¿Y tú con Shirley?

―No le voy a pedir matrimonio.

―Oye, he aguantado la chapa de mamá durante semanas, sé lo que, pensáis, lo que parece; sé que creéis que cometo un error y que lo hago por una especie de venganza. Mamá habló hasta de «embrujo», pero no he estado más enamorado en mi vida.

―Y ¿qué quieres de mí, Bob? Tengo que volver ahí dentro y … salvar vidas de verdad.

―Necesito que le eches un vistazo ¿vale? No te pido que la saques a cenar en plan Vincent Vega, necesito que de vez en cuando te pases por «Pizza Guys» …

― ¿Pizza qué? ―reí― Oye, no tengo tiempo de lidiar con mi propia novia…

―Por favor, ―suplicó, y vi que la desesperación comenzaba a apoderarse de su mirada― oye ¿crees que te pediría esto si hubiese alguien más?


―Me lo pides porque no hay nadie que aguantase a tu chica ―bufé― te recuerdo que llamó «barbie mamadas» a mi novia…

―Por favor, no salgas con eso de nuevo, ya te pedí perdón…

―Tú no tienes que pedirme perdón, Bobbi, es ella la que tiene que disculparse.

―Oye, puedes enfocarte en el ahora, Marlon, ¿eh? ¿Por favor? Ella es lo único que …tengo.

―Ah, bien. ―concluí cruzándome de brazos.

Aquella estaba siendo una charla de lo más reveladora.

― ¡Vamos! sabes lo que quiero decir: ―suspiró― es la única que apoya mis ideas, mi sueño, que ve algo en mí. Tú no eres más que la fotocopia de «el viejo», tan estirado y deseoso de encajar, que has olvidado preguntarte si es esto lo que de verdad quieres…

― ¡Claro que es lo que quiero! ¿Me crees tan estúpido?

―Hasta hace un momento admitiste que no te casarías con Shirley, Marlon, quizás es lo mejor que has hecho por ti mismo desde que te conozco, pero no puedo dejar de preguntarme: ¿Cuándo te diste cuenta de que esa chica no era «tú chica»? Y desde entonces: ¿Cuántas veces le has dicho te quiero sin que sea cierto? ¿Eh? ¿Y yo soy el loco?

― ¿De qué estamos hablando, Bobbi? No voy a pedirle matrimonio sólo porque me de tanta pena su vulnerabilidad que estoy dispuesto a arruinar el resto de mi vida.

―Me da mucha lástima que conozcas…

―…El verdadero amor ―concluí melodiosamente.

―Sí, Marlon…

―Me lo dice el tipo al que descubrí montándoselo con dos mujeres en el jacuzzi de aquel hotel de Praga…

Suspiró dándose por vencido. Había demasiadas cosas en el tintero entre Bobbi y yo, y no era cuestión de pedirnos favores personales sin haber limado antes algunos aspectos de nuestras rencillas como hermanos.

Él era un espíritu libre, un rebelde con causa, un indomable mujeriego e insolente inmaduro, siempre lo fue. Quizás pedir matrimonio a esa chica había sido lo más cerca de la sensatez que había estado jamás, si es que casarse tenía algo de sensato por aquel entonces. Pero no pensaba ser la niñera de nadie, y menos después de aquel descomunal disparate, sólo porque creyese exoneraba sus culpas con la vida haciendo una obra de caridad.

―Madura, Marlon. ―Dijo levantando las manos a ambos lados de su cabeza.

― ¡Ya he madurado!

Grité, pero ya se había dado la vuelta y regresaba a su coche trotando sin hacerme caso.

― ¡Y dale saludos a Grissom de mi parte! ―continué haciendo que algunas enfermeras que volvían de su hora del almuerzo se girasen y me mirasen como a un loco.


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Capítulo 5

O el del sentimiento de culpa

No puedo decir que me resultase sencillo rumiar las cosas que habíamos hablado Bobbi y yo: no habíamos sido los típicos hermanos gemelos que compartían todo, inseparables.

Crecimos con ciertas carencias afectivas, como comenté en su momento: mis padres eran una mujer con un severo TOC, y mi padre un severo toca cojones. ¿Para qué negarlo? no fueron buenos en la terea de ser padres y la rebeldía de Bobbi se llevó la peor parte en cuestiones de tolerancia e imposición de límites. Yo supe leer entre líneas, actuar como el buen hijo, pero a Bobbi incluso llegaron a enviarlo un verano a la «Escuela de Buenas Maneras de Milwaukee», en Wisconsin.

Nunca volvió a ser el mismo, y no porque ahora hiciese alarde de unos modales cultivados y exquisitos, sino porque había aprendido a jugar a aquel juego y había perfeccionado su técnica.

Consiguió que el viejo le pagase los estudios de medicina en la mismísima facultad de medicina de Praga, en un apartamentito nada modesto junto al río Moldava. Y cuando se cansó de Europa, regresó con honores a Harvard, donde se labró el título de «el gemelo que ya nos merecíamos», lo cual me dejaba a mí con el título contrario, o en el mejor de los casos, el de «Lord Byron».

No es que nos odiásemos, pero nos distanciamos lo suficiente como para no sentirnos mal a la hora de echarnos en cara asuntos del pasado, o del presente reciente, tal y como habíamos hecho ese día.

Pensaba en sus palabras una y otra vez mientras la taladrante voz de Shirley me atosigaba con sus paranoias a cerca de la curvatura de su papada, la tersura de sus pechos o la longitud de sus patas de gallo.

―Y eso no es nada ―dijo mientas descendías del coche y ella echaba a andar hacia la puerta dejándome claro que sería yo quien llevaría la enorme maleta cargada de cosas que ni siquiera llegaba a sacar de ella― la muy zorra hizo trampas en el examen, sin contar las innumerables mamadas al decano, joder.

―Por dios, Shirley, ¿Qué llevas aquí? ―exclamé arrastrando aquel fardo, prensado como una alpaca de alfalfa.

―Son algunos de mis libros de derecho, Marlon ―dijo entrando y girando por el recibidor como si buscase algo en concreto― no te lo había dicho, pero: me mudo a Sacramento, cariño, ¡Se acabó el estar separados!


Solté aquel pesado bulto de golpe, entendiendo sobre la marcha la jugada: había pedido un traslado de expediente de su universidad a Sacramento sólo para poner a prueba qué tan verídica era la excusa de la distancia y la estabilidad.

«Oh, por dios»

― ¡Sorpresa! ―dijo sin evitar poner cara de éxtasis. ―Sé que debí avisarte, pero bueno, cariño, lo hablé con tu madre…

―Mi…―me detuve para no expresar demasiado pronto todo mi malestar― mi madre, nena, ¿crees…? ―sonreí nervioso― ¿Crees que es algo que debas hablar con ella?

―No, bueno ―avanzó hacia mí con sus brazos extendidos hasta alcanzar mi cuello y sentí escalofríos― Oye, no es por lo que crees, ni mucho menos, de verdad ―levantó la palma de su mano abierta junto a su mejilla sonrosada.

Me quedé en silencio demasiado tiempo, sopesando mi mala suerte y pude observar que su paciencia se fue agotando tan deprisa como nuestros temas de conversación.

― ¿Marlon? No te quedes callado ¿Quieres? Dime algo, aunque sea que no te gusta la idea porque estamos a tiempo de revertir todo esto…

―No me gust…

― ¡¿Por qué?! ― gritó, pero luego sonrió volviendo a suavizar su tono ― ¿Demasiado prematuro? ¿Son pocos años los que llevamos saliendo?, ¿Quizás… cuando pintemos canas los dos? O mejor aún… ¿Cuándo ¡nuestros hijos! vayan a la universidad? ¿Lo verías buen momento para comenzar a vivir juntos entonces?

― ¿Hijos?

― ¡Por dios! ¡¿Qué estoy haciendo aquí?! ¡¿Qué…qué estoy haciendo contigo?! ―dijo girándose sobre sí misma y dando zancadas alrededor de la sala del té de mi madre, pulcramente ordenada― ¿Qué maquiavélico juego te traes entre manos, Marlon? ¿Te encanta discutir conmigo? ¡¿Te la pone dura o qué?!

―No…―intenté decir.

― ¿Sabes lo que me dijo tu madre? Dijo: Shirly, ¡Cariño! ―exclamó enfatizando así lo que mi madre sentía por ella. Era tremendamente astuta― no esperes por un hombre, no esperes jamás por él, porque ellos hacen su vida, y para cuando te des cuenta, tú ya no estarás en ella. ¿Es eso cierto? ¿Te estás acostando con alguna de las residentes?

― ¿Puedo hablar?

Suspiró a modo de asentimiento.

―Todo esto es por la boda ¿no es cierto?

― ¿Qué boda? ¿La ‘no boda’ nuestra o la boda de tu hermano, quién encontró a ese…―casi escupió el insulto― espantajo dios sabe en qué cuneta, y le propuso matrimonio casi sobre la marcha?

―No sabría decantarme por una de las dos ―zanjé echando a andar hacia mi habitación.

― ¿Ah no? ―dijo girándose al verme pasar a su lado.

La dejé con sus brazos en jarra, esperando que me importase lo suficiente como para seguir peleando.

― ¡Maldito seas, Marlo! ¿Qué se supone que debo hacer? ¿Qué significa esto? ―dijo con la voz a medio quebrar.

Una profunda lástima recorrió mi cuerpo al escuchar aquella sincera expresión de desasosiego en Shirley. Era nuevo para mí: me pedía opinión, me preguntaba entonces cual sería el siguiente paso y casi parecía dispuesta a aceptar el destino que yo tomase. Era una mujer fuerte y valiente, pero no era para mí, ni yo era para ella. Le debía un enorme respeto, le debía la posibilidad de que pasase página de una vez por todas.

―Mañana te llevaré al aeropuerto, Shirley.

― ¿Qué significa eso? ―musitó incrédula.

―No voy a casare contigo ni ahora ni nunca…

― ¡No importa, maldita sea! Así y me envíes a la otra punta del mundo, aceptaré ese destino, pero no me digas que se acaba aquí… ¿es que quieres destruirme?

― ¡Por dios, no! ―exclamé exhausto― Quiero construirte, o que comiences a buscar a alguien que te ayude a construir un futuro que quiera las mismas cosas que tú, que no espere a que se lo sugieras, que se adelante a tus deseos, yo… yo no quiero nada de esto, Shirley, en serio, ¿No lo ves? Estás atrapada por mi culpa, tomando decisiones alocadas como dejar tu universidad para… ¿Que te pida matrimonio? ¿No ves lo absurdo que es eso? ―bramé, pero ella parecía ajena a mis explicaciones. Estaba en un estado de asimilación lenta y dolorosa, a punto de estallar en ¿lágrimas? ¿gritos? ― Me enloquecía tu desparpajo, tu seguridad, tu determinación…de repente te convertiste en ¡la jodida Glenn Close!

― ¡Cállate! ―exclamó― eres un maldito cobarde, Marlo McDougal, y escúchame lo que te digo, ―dijo señalándome y pensando si decir o no lo que pensaba― me acosté con al menos cinco tíos mientras estabas fuera, ¡Cinco!, y me follaron mejor que tú, me lo comieron mejor que tú y ¡les sabía mejor que a ti!

Y esas fueron sus últimas palabras entonces. Se giró sobre sí misma, totalmente fuera de sí, agarró su maleta con una fuerza extraordinaria sacada de la rabia que sentía hacia mí, y al llegar a la puerta se giró y me deleitó con un corte de mangas poco elegante y un gruñido agudo, tan ensordecedor que logró estremecerme de miedo. Luego dio un sonoro portazo hizo que al menos una de las figuritas de porcelana de la repisa cayese al suelo precipitadamente.


No volví a saber de ella por unos pocos días; me hubiese alegrado poder decir que asumió la derrota y que sintió la suficiente vergüenza por su libidinoso traspiés que trataría de no volver a mirarme a la cara en una buena temporada. La había perdonado casi al salir dramáticamente aquella noche de mi casa. Había sido culpa mía haber prologado innecesariamente una relación abocada a la más absoluta nada, profundamente tóxica e irrelevante a nivel emocional.

Pensé en Bobbi poco después, en que habíamos sido estúpidos y egoístas, sobre todo yo.

Maldita sea, si era cierto que aquella mujer le proporcionaba tanta felicidad, ¿quién era yo para fallarle cuando más me necesitaba?

Mi hermano estaba enamorado y quería a aquella extraña mujer por encima de convencionalismos. Yo había perdido tres años de mi vida con un tópico andante; él se había arriesgado y parecía haber ganado. Quizás esa fuese mi oportunidad de redimirme con él, de ganarme su afecto de nuevo, y de paso, conocer mejor a la mujer que lo había encandilado, pues próximamente sería parte mi familia, me gustase o no.


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Capítulo 6

O el de la urgencia inesperada

Mi vida había vuelto a la normalidad.

Aquella nueva semana ―la quinta antes del gran día en Nevada― no podía haber empezado mejor: turno nuevo, estado civil nuevo, estado mental inmejorable, llamadas perdidas de mi ex: tan solo seis. Mucho mejor que el día anterior, el día de las catorce llamadas. Aunque ningún día podría superar el día de las veintiocho llamadas y los doce mensajes en el buzón.

Esperaba que fuese un proceso de acoso descendente porque como hubiese picos crecientes, con posibles apariciones en el trabajo, o visitas a media noche, me vería obligado a tener que pararle seriamente los pies.

Aquella tarde me había pasado por la famosa Pizza Guy para hacer una visita sorpresa a mi ‘cuñada’, pero la sorpresa me la había llevado yo cuando su encargado me señaló con su dedo oculto tras una masa colgante de harina cruda: «Si ves a esa cretina, le dices que ni se le ocurra volver por aquí ¿me has entendido? ¡Dile que su culo flaco no va a volver a cruzar estas puertas, joder!»

La chica parecía hacer amigos allá donde iba y me desentendí entonces de su cuidado. Ni siquiera dónde podía estar viviendo o malviviendo esa muchacha. Por un instante me entró algo de pánico, teniendo en cuenta que era propensa a las recaídas y que se encontraba sola en Sacramento, un lugar que no era precisamente famoso por la limpieza de sus calles. Cada día atendíamos a, al menos, seis toxicómanos en serios problemas, sin contar con los que estaban acogidos al programa de mantenimiento con metadona.

―Qué mono eres.

Me decía mi compañera de guardia, Céline, una muchacha extremadamente flacucha, que solía comunicarse arrastrando las palabras como alguien en estado de trance e incapaz de disimular su encandilamiento hacia mí. Solía quedarse embelesada observándome comer, escribir recetas, redactar informes, mientras parpadeaba intentando no ceder al sueño y mientras auscultaba a los pacientes con el estetoscopio, el cual se empeñaba en calentarme previamente con su aliento mentolado acompañado de una sonrisa traviesa.

― ¿En serio tienes un hermano gemelo? ¿Igual, igual a ti? Por dios, me muero…―Decía, y sin la más mínima consideración, clavaba la jeringuilla de adrenalina en el muslo del paciente como si fuese un puñal. ― No puedo creer que vayas a hacerte cargo de tu cuñada enferma mientras tu hermano está fuera. Es… como lo más bonito que alguien puede hacer por otro alguien.

Me pareció escuchar que la vocecilla del altavoz del hospital pronunciaba mi nombre y cuando llegué hasta el mostrador, la enfermera me señaló la sala de urgencias con apple pencil.

«Por dios, que no sea Shirley con una sobre dosis, que no sea Shirley con las venas cortadas»

Las piernas me temblaban cuando me dirigía hacia el jefe de urgencias, Bud, un gañán poco provisto de empatía y paciencia empeñado en llamarme «el guaperas» siempre que se dirigía a mí. Al verme casi me arrastró hasta un rincón oculto tras una cortina que descorrió deprisa pero mi corazón se paralizó el microsegundo que tardó en revelarse el cuerpo que había al otro lado:

―Puta mierda ―susurré.

― ¿Es amiga tuya? ―dijo señalándola con su enorme dedo negro

―Es…la prometida de mi hermano.

―Pues ha preguntado por ti cuando estaba consciente hace…―se miró el reloj― ya un rato. ¡Hazte cargo, guaperas! ¿No estará así por tu culpa?

― ¿Qué dice? ―casi bramé.

―Es broma. Tranquilo.

Le tomé la tensión e hice análisis de sangre que determinaron que sus niveles de etanol en sangre eran como los de un camionero de doscientos kilos.

Quince minutos después llegaba de nuevo Bud y me miraba esperando un análisis rápido:

―El Etanol interacciona con los lípidos de la bicapa lipídica y modifica microdominios de la interacción lípido-proteína, interacciona con los grupos polares de los fosfolípidos de membrana modificando los microdomios de algunas proteínas…

― ¡Por dios, McDougal, no soy tu padre, chico! ―rio― la chica está borracha perdida: glucosado al 5%, 100 de tiamina y 300 de piridoxina, y a casa. ¿Te vienes después a tomar unas cañas?

Miré a Millie, inconsciente entre los dos y pensé que era un chiste malísimo hablar de beber entonces pero no bromeaba.

―Otro día ―asentí preparando ya las dosis.

Despertó después de veinte minutos y cuando me enfocó sonrió con dulzura, pero en cuanto vio mi bata de médico supo que no era el chico que creía.

―Mmmm ―dijo entreabriendo los labios resecos.

Su ropa estaba descosida y sucia, y algo no olía precisamente bien en ella.

―Por dios, Millie, ¿qué coño…te has tomado?

―El hermano chungo ―susurró tratando de incorporarse.

― ¿Quieres…estarte quieta? ―le pedí obligándola a recostarse, pero de un manotazo me echó a un lado. ―Está bien, maldita… cabezota borracha, haz lo que quieras.

Tiré de la cortina y eché a andar.

― ¡Marlon! ―gritó y casi toda la sala de urgencias se quedó en silencio mirándome.

Regresé furioso.

― ¿Qué…quieres? ―dije tratando de parecer profesional.

―Oye lo siento, estoy borracha…

―Eso ya lo veo…

―Necesito ―siguió ella como si no me oyese― algo de pasta para un taxi y para regresar a casa.

― ¿Dónde vives? Termino en una hora y te llevo…

―En Montana.

― ¡¿Qué?! ―exclamé― no pienso conducir hasta Montana, ni pagarte un taxi a Montana. Mira, deja que se te pase el colocón y luego me cuentas…

―Necesito volver a casa, Marlon, necesito ir a mi casa ―dijo echándose a llorar.

«Oh, por dios, la típica depresión post-moña»

―Sí, a la que compartías con mi hermano, ¿dónde está?

―La regalé.

― ¿Qué? Oye, mira, si quieres que te ayude bien, y si no aquí te quedas…

― ¡No te vayas! ―gritó de nuevo tirando de mi mano ―está bien, oye, no me han pagado la semana y no he pagado el alquiler así que me han echado de mi piso ¿vale? Mis cosas están en el trastero de una amiga que me ha dad de plazo hasta mañana…

―Si no te han pagado quizás es porque no has ido a trabajar…y ¿de dónde has sacado dinero para beber?

― ¿Qué eres? ¿La inquisición, joder? Sólo necesito pasta para llegar a Montana…

―Pero olvídate de Montana, qué hay con Bobbi.

― ¡Sí! ―exclamó con una con aguda ensordecedora― ¿Qué pasa con él? ¿eh? ¡Capullo de mierda! Me ha dejado tirada en Sacramento a poco más de un mes para nuestra boda, ¡y sin un duro!

―Oye ―pensé rápido― está bien, está bien, está bien, deja de gritar ¿Sí? Te daré dinero para el taxi, el piso y lo que necesites este mes, si me prometes que no volverás a beber.

―Marlon, ¿alguna vez has estado en una clínica de rehabilitación?

―Tengo pinta de…

―No ―gruñó con una voz gutural exagerada― claro, que no. No tienes ni idea: me han ofrecido dinero, trabajo, comida, incluso una vez me ofrecieron un bono de hamburguesas gratis durante un año si permanecía sobria todo ese tiempo.

― ¿Quieres decir que rechazas mi ofrecimiento?

―Eso mismo ―asintió dejando caer la cabeza sobre la almohada― quiero decir.

―Pues lo lamento, por ti y por…

― ¿Bobbi? ―inquirió abriendo los ojos de par en par.

―Supongo, sí. Me dijo que eras estupenda, la mujer ideal y que le hacías muy feliz, pero dudo que se refiriese a esto.

―No bebo con Bobbi.

―Me imagino que no te lo permitirá.

― ¡No lo necesito! ―dijo apuntándome con un dedo amenazador.

Asentí y suspiré. Debía llamarlo y contarle lo que ocurría así que esperé a que se hubiese adormilado un poco para escabullirme y hablar desde un lugar privado.


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Capítulo 7

O cómo mi nivel de estrés comienza a ser alarmante.


―Marlon, por lo que más quieras, no la dejes sola, si en algún momento me has querido…

― ¡Bobbi! ―exclamé― ¿quieres calmarte y no decir sandeces? Me la llevaré a casa hasta que vuelvas…

― ¡No! Maldita sea, ella es más lista que tú ¿me oyes? No puedes fiarte de ella…Para cuando hayas vuelto ¡ella se habrá ido a Montana!

―Ah, genial, y ¿cuándo os casáis?

― ¡Escúchame!

― ¿Qué diablos hay en Montana?

―Su padre.

― ¡Genial, pues él sabrá qué hacer!

―Por lo que más quieras ¡no la dejes ir a Montana!

―Oye: no puede quedarse sola en casa, ni sola en su piso, ni volver a Montana… ¿Me vas a decir qué otras opciones tenemos?

―Escucha: hay una clínica a las afueras, en Antelope.

― ¡Santa Mierda! Eso es casi otra ciudad.

―He estado informándome, pero últimamente estaba bien, no quería entristecerla con mis preocupaciones

― ¡¿Preocupaciones?! ―exclamé― ¡Tiene más etanol en su cuerpo que el hospital en sus reservas! Tienes cierto derecho a estar preocupado…

―Lo sé. ―Resopló dejándose vencer por el desánimo― La amo, Marlon, no sé que otra cosa más decirte.

Era obvio que estaba preocupado y que se desvivía por aquella muchacha. Era su responsabilidad, y una muy compleja, porque si empezaban la vida así, no quería imaginar qué tipo de futuro les esperaba a ambos. Mi hermano, alguien que jamás se había detenido a dejar una triste moneda a un mendigo, resulta que ahora se había puesto por obra salvar a aquella chiquilla de su propio demonio o compartirlo. Pero estaba claro que debía estar internada en algún centro, y ello me despojaría de cierta responsabilidad a mí.

―No permitas que le pase nada.

Al día siguiente, en cuanto el trabajo me lo permitió, me trasladé a aquel centro a las afueras, a unos veinte minutos del centro, sin tráfico. No sabía cómo la había convencido para viajar hasta allí, a aquella muchacha a la que miraba y veía tan frágil entonces, endeble. Se había quedado dormida a los pocos minutos de haber comenzado el viaje, en un día sofocante, cada vez más sofocante conforme salíamos del centro y entrábamos en la zona árida de California, el típico lugar en el que alguien construiría un centro de rehabilitación: un páramo vasto, seco y desértico donde la gasolinera más cercana no estaba a menos de seis kilómetros de allí.

Me bajé del coche y lo rodeé.

El edificio era de una sola planta y estaba rodeado por una muralla de piedra recubierta con algún tipo de barro o adobe rojizo. El portal era de madera y daba a un patio interior igual de seco que el entorno, cubierto de gravilla y decorado con figuras de barro quizás hechas a mano por los usuarios, así como infinidad de cactus de todas las formas y tamaños.

Observé que Millie Lee me auscultaba desde dentro del coche con los brazos cruzados. Quizás creyese que acabaría llevándola a Montana para librarme de ella, pero parecía bastante decepcionada.

― ¿Vas a venir?

Salió del coche bruscamente, y dio un portazo mientras me observaba desde el mismo sitio.

―No pienso quedarme ahí ―señaló― es el puto lugar más deprimente que has podido encontrar.

―Lo encontró Bobbi.

Pareció recibir un duro golpe y se quedó en silencio mirando al vacío, tratando de no venirse abajo.

― ¿Bobbi sabe que estoy aquí?

Caminé hacia ella tan solo unos pasos:

―No pienso dejarte sola, ¿vale?

― ¿Piensas quedarte tú también? Porque eso es exactamente lo que significa esa frase, Marlon.

―No, no voy a quedarme; y sí, sí vendré alguna vez, cuando se me permita.

Suspiró negando en silencio y echando a andar pasando de largo a mi lado. Empujó la verja como si ya hubiese estado allí y caminó de brazos cruzados hasta la entrada principal, detrás de unas cristaleras enormes que daban al patio por el que habíamos entrado. Todo el edificio era de un color teja entre siniestro y abrumador, pero no tenía mal aspecto.

La administradora del centro, la doctora Diane Krosinski, una señora entrada en edad y en carnes, bastante propensa a la mirada condescendiente, aunque sutilmente petulante, nos recibió en su despacho y nos explicó en qué consistían las tareas básicas del día a día, mientras una Millie algo más nerviosa, tamborileaba frenética con los dedos sobre su butaca.

― ¿Son pareja? ―señaló.

―Sí ―dijo ella.

―No ―la corregí alzando las cejas y negando sorprendido.

―Quiero decir ―sonrió Millie― que mi prometido es su hermano gemelo así que, puede usted hacerse una idea ―parecía haber terminado cuando continuó― mi pareja estaría ahora aquí haciendo la misma mierda que este ―me señaló.

―Comprendo, ―asintió ella sonriente― así que una usuaria…algo hostil. No se lo tome a mal ―se apresuró prevenida― nos tomamos con filosofía este tipo de desafíos. Mire, ―sonrió de nuevo de aquella manera en la que se permitía insultar y salir indemne― no solemos admitir usuarios que no deseen estar en el centro.

―No comprendo ―me apresuré― estamos aquí, ¿no?

Ella asintió y de nuevo mostró aquella hilera de dientes recientemente blanqueados y simétricos.

―Me refiero a que no es un centro en el que se retenga a los usuarios. La puerta está abierta y no nos hacemos responsables de aquel que decide marcharse antes de tiempo. La rehabilitación es algo que parte de la voluntad del que pretende ser rehabilitado, no somos niñeras, señor McDougal.

―Puede decírmelo a mí ¿Vale?, no le hable a él como si fuera mi padre, o como si yo no estuviese delante.

―Discúlpeme, señorita Lee. ―Asintió, lamiéndose los labios― Le haré la pregunta a usted directamente: ―dijo, y entonces se hizo más evidente que le costaba sonreír― ¿Quiere usted rehabilitarse?

Millie detuvo su frenético tamborileo y me miró directamente: sus ojos algo llorosos, el miedo que desprendía aquel rostro era casi estremecedor y entones cogí su mano en un instinto paternalista y de apoyo.

― ¿Estarás aquí? ―susurró como un niño susurra a sus padres antes de entrar a clase el primer día.


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